Desvarío: De los 16 a los 26.

El sábado tuve ocasión de asistir a la graduación de 4º de la ESO de mi primo, que estudió en el mismo centro educativo que yo (Colegio Virgen del Mar).

Tuvimos la misma celebración y el mismo menú de la cena. También compartimos discursos de los profesores, de la consejera y del director. Discursos ceremoniosos, de grandes palabras y cargados de la misma emoción que tuvieron los míos. Tanto a mi primo como a mi, con 10 años de diferencia, pretendieron otorgarnos grandes consejos con bellas palabras y citas grandilocuentes.

Mención a parte al discurso del padre de uno de los compañeros de mi primo. Su discurso, elocuente y cargado de sentimentalismo, no estaba pensando en la ceremonia, sino del amor de un padre por sus hijos, de la nostalgia de los años y de la emoción de un momento importante para él. Un discurso que cualquier padre podría haber hecho suyo.

Sentado en la parte de atrás, observando desde la distancia, no sólo física, sino emocional, me planteé que estarían escuchando esos chicos realmente.

Vuelvo 10 años atrás y me pregunto, ¿que pensaba yo ese día? ¿Pensaba en la responsabilidad de la vida adulta, que citaba el director? ¿Pensaba en los errores que hubiera cometido, y en lo que había o no aprendido, como decía el padrino/profesor? ¿O acaso pensaba en competencias y capacidades, como decía la consejera?

Que va. Pensaba en enrollarme con una tía de clase en la discoteca (cosa que no pudo ser, por cierto). Pensaba en que salía de la cárcel (que era el colegio) e iba al instituto, donde ya sería libre de hacer lo que quisiera. De las palabras de los discursos que recibí, no recuerdo ninguna. La banda y el diploma los guarda mi madre con cariño, en alguna parte que no recuerdo, porque no los he vuelto a ver desde esa noche.

Años más tarde, lo que me parecía un cambio trascendental en mi vida, lo veo ahora como un pequeño acontecimiento que se suma a una larga lista de otros acontecimientos, y que me han llevado al momento actual. Visto en perspectiva, destacan antes otras muchas cosas que las que ocurrieron en esa graduación (o cualquiera de las otras tres por las que he pasado).

Cuando empezé esta entrada, quería escribir una carta a mi primo, cargada de consejos sobre los proximos diez años. Sin embargo, dar consejos es de viejos, y todavía no me siento así. Pero, si pudiera escribir una carta a mi yo de 10 años atrás, sería algo como lo siguiente.
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El mundo funciona

Cualquier persona al que le preguntes, te dirá que el mundo no funciona. Que el sistema, sea cual sea, es una basura, y permite cosas como guerras, desigualdades y crisis.

Sin embargo, ahí sigue, tras varios cientos de años en marcha. El sistema sigue en marcha, y, a pesar de los recientes problemas, no parece que vaya a cambiar.

El otro día, sin querer, me quedé pensando: ¿Por qué funciona el sistema? Si tan malo es, ¿Cómo es que nadie lo cambia?

Y se me encendió la bombilla. Ya sé por qué funciona.

A nadie le importa. Ni tan siquiera, tienen tiempo para hacerse la pregunta. Así que está claro. 

El sistema funciona, porque nadie se pregunta cómo lo hace.

Planificando un año relajado

Se me hace raro, la verdad. Llevo tantos años trabajando intensamente que ahora que tengo tiempo libre no sé bien que hacer. Seguramente algún psicólogo amante de chuletadas y orgías haya encontrado algún nombre para esto, algo como síndrome de pingachowsky. El tratamiento serían muchas sesiones en las que, inevitablemente, como los malos culebrones, el tipo acabaría mirándote inquisitivamente, y diciéndote:

– ¿Se siente atraído por personas de su mismo sexo? Uy, se nos ha acabado el tiempo, si le parece, lo discutimos en la siguiente sesión.

Tu te quedarás tan mal, que no prestarás atención a la secretaria (sara, loli, fefi, algo así, es requisito indispensable para el trabajo un nombre corto) cuando te diga:

– Señor, la sesión de 45 minutos son 80€, ¿paga con tarjeta o en efectivo?

Tu ni la escuchas, simplemente pagas. Estás reflexionando sobre la última frase del doctor….

Pero yo he renunciado a ir a psicólogos (me conformo con que me escuche mi almohada terapéutica y mi guitarra absorba mi frustración), así que no me preocuparé más sobre el nombre del síndrome, y me centraré en el síndrome per se, siendo ésta una actitud más ingenieril.

Y el síndrome consiste en que un día, llega una pregunta a tu cabeza, mientras te vas a la cama tranquilamente: ¿y ahora, que hago?, o, en su versión más realista, ¿y ahora que coño hago?

He terminado (prácticamente) la carrera, y se abre ante mi uno de esos abanicos de posibilidades, que tan bonitos quedan pero que tanto dan que pensar. Básicamente, como me comentaba el gran Jake, hay dos caminos, Administrador de Sistemas o Ingeniero de Software. Tradicionalmente, el primero me ha llamado más la atención, pero últimamente, no he descartado la posibilidad de ponerme una corbata y dedicarme a vender motos, lo que se me da bastante bien, y a hacer diagramas, lo que se me da muy mal. Lo malo de ser un señor de corbata, es que es muy probable que tengas que trabajar con Java y .Net, lo que odio.

El problema de ser Adminsitrador de Sistemas es que, básicamente, te comes marrones muy grandes, que habitualmente tienes que resolver en poco tiempo. Aunque uno puede especializarse (por ejemplo, en seguridad), en general, hay que saber un poco de todo, más bien mucho de todo. Es complicado que te paguen bien, salvo que adquieras el estátus de indispensable en alguna parte, y aún así, tu título será durante mucho tiempo “Adminsitrador de Sistemas”, a menos que digievoluciones hasta jefe de sección o director de IT o similar.

Por ahora, seguiré pensando que hacer, mientras preparo mi viajecito de esta semana, y ya seguiré contando mis meditaciones.

101 dálmatas… digo.. posts

Bueno, pues ya estoy otra vez en la blogosfera, espero que para quedarme. Lamento haberme ausentado tanto tiempo, pero estoy arrastrando una serie de problemas de salud que me han complicado bastante este año, tanto que es probable que no acabe la carrera en junio. Un consejo para los niños que leen esto: Cuiden su salud. El cuerpo necesita descansar, tener activiades variadas y ser feliz, para poder vivir decentemente. Mi abuelo me lo decía, y no le hacía mucho caso. Pero tras el ultimátum del médico (“si sigues así, no llegas a los 60”), y otras cosas que me han pasado dentro de lo personal, me lo he tomado en serio, y he optado por una vida a priori menos productiva, pero más relajada.
Así que ahora me entretengo con cosas fuera del estándar “geek”, como tocar la guitarra, nadar en la piscina e incluso, santo cielo, ¡salir de fiesta!
En fin, qué mejor manera que volver, que con el post 5 (101 para los no binarizados), con ganas renovadas y con espíritu jóven ;-).
Para los reenganchados y los nuevos, les recuerdo que este es mi blog para historias personales, y que en el técnico hay cosas que tal vez sean más interesantes para los más técnicos de por ahí.

Sunshine (y por qué Hollywood la está pifiando con la sci-fic)

Hay que reconocerlo: Hollywood y la sci-fic no pasan por el mejor momento de su relación. No acaban de encajar tan bien como lo hicieron en el pasado, con películas de efectos especiales sencillos pero argumentos envolventes. Falta la chispa, la originalidad, las ganas de innovar, que antes si había.
Y ésta película, sunshine, es el claro ejemplo. Tiene unos efectos especiales muy conseguidos, la nave parece totalmente real, y las escenas de espacio exterior son impecables (salvo los fallos míticos de realismo científico, que vamos a pasar por alto, es sci-fic). Sin embargo, no están aprovechados.
Una forma sencilla de verlo: La nave. Vaya mierda de nave. Es una especie de ISS con una hondilla de ensalada que es el “Escudo protector solar”. ¿Es necesario en una película de ciencia FICCIÓN tener que usar los diseños de naves esotéricos de NASA? ¿Aporta realismo a la historia la hondilla de ensalada que, digamos, un escudo de plasma? No lo creo. El realismo de la historia tiene que estar en la propia historia, no en la tecnología que se usa. Por ejemplo: Star Trek. Las naves de star trek son naves con pinta de naves, no colecciones de tubos de k’nex. Y sin embargo, la carga de realismo a la que se somete el argumento hace que te olvides del aspecto futurista de la nave y te centres en la historia, en lo que ocurre. Y si lo que quieres es que falle algo en la nave, puede fallar en el complejo interesteral de k’nex o en la enterprise, eso da igual.
Y luego están las caracterizaciones de los actores. Nada más ver la peli, ya sabes quien se salva, quien muere primero y quien hará de malo. ¿Que el tío forma parte de una etnia relativamente minoritaria? Pum, carne de cañón. ¿Que el tío es americano soldadito? Será, de calle, el héroe, y si muere, es con un honor de cojones. ¡Venga ya! Tengo ganas de ver una capitana china que no muera por la nave, sino que sobreviva hasta el final y se lleve también la gloria. Y un negro científico que haga las cosas bien, y un americano soldadito que eche a perder todo y muera sin honor. Vamos, originalidad.
Y es que falta originalidad en esta peli, y en las pelis de sci-fic que he visto últimamente. ¿Saben lo que hubiera estado bien? SPOILER
En lugar de aparecer el inevitable malo-mutante-final, que no es más que un tripulante que se volvió loco (SIEMPRE que hay una nave perdida en el espacio, los tripulantes se vuelven locos, debe de haber algún virus en el espacio, o que la falta de sexo los deja tarumbas), que hubiera aparecido, por ejemplo, una raza extraterrestre. Que se descubriera que el apagón del sol fuera provocado, y que hubiera alguna especie de enfrentamiento (no hace falta recurrir a lásers y masas protochurreneicas) entre los de la nave y los extraterrestres. Algo que fuera realmente SCI-FIC y no un documental sobre la psique-humana en el espacio.
Fin SPOILER
Por concluir, las notas puestas han sido:

  • Mi tío: 6
  • Mi primo: 6
  • Yo: 6
  • Media: 6
  • No te gastes el dinero en el cine: Espera al DVD y a una tarde lluviosa.

    Guachinches

    Una de las cosas que más abundan en el Norte, son los Guachinches. Un guachinche es técnicamente un restaurante, pero con su propio tono particular, muy casero. Normalmente son establecimientos familiares, donde el marido atiende y la mujer cocina, y el principal movimiento es el “vasito de vino” que cosecha el amigo pepe de dos huertas más arriba.
    Conozco un par de sitios de esos (ni una mil millonésima parte de los que conoce mi abuelo y éste sólo conoce una quinta parte de los que existen, que son muchos) y lo cierto es que no se come mal, nada mal, dentro de condiciones sanitarias básicas y en ocasiones con suelo de picón y ruedas de cables de la luz por mesas xD.
    El otro día fui a uno que está en la victoria, según se va por la carretera general viniendo de la laguna, al llegar a la fuente grande (no hay otra) se sube a mano izquierda y se sigue subiendo un rato hasta que se llega. Es bastante complicado de explicar para gente que no conoce la zona, porque normalmente, cuando te explican como llegar a un chiringuito parten de otro chiringuito conocido. Es como las mazmoras de los juegos de rol, que para llegar a las más cañeras tienes que haber visitado las que están más cerca del camino principal.
    Total, que el sitio, que se llama ‘Pal arrastre’, nos muestra el siguiente menú en su puerta:
    Carta de Pal Arrastre
    Como podemos ver, la carta es variada, desde “Bacalado” hasta “Keso”, pasando por el inevitable bistec de “Serdo”.
    �ste amor por la diversificación de la lengua materna es bastante común en los chiringuitos de nivel avanzado, y sirve para atraer turistas extranjeros.
    En todo caso, la comida ahí está muy buena. Especialmente las “Croketas” de pescado, que son caseras y grandes y sobre todo, y raro en los tiempos que corren, saben a pescado y no a harina.
    No pierdan la oportunidad de vistiar estos Guachinches, porque la comida es muy buena y el vino mejor 😉